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La arrogancia de la biología ¿Puede la ciencia dotar de sentido a la vida?

Un breve análisis sobre la obra de Sheila Jasanoff acerca del papel que desempeña la ciencia y la tecnología en la modificación de la vida


«Los grandes avances del siglo XX en las ciencias de la vida han contribuido a la aceptación general de que a quien corresponde determinar el sentido de la vida es a los expertos en biología. Conviene prestar atención a los orígenes e implicaciones de esta primacía creciente. Es una historia de arrogancia en un sentido literal y etimológico (el término procede de la expresión latina ad + rogare), es decir, el resultado de un proceso consistente en pedir o reclamar una disciplina para sí. Los dos objetivos de este libro son saber cómo ocurrió y por qué es importante. (…)» [1]

 

El párrafo anterior forma parte del libro La arrogancia de la biología ¿Puede la ciencia dotar de sentido a la vida? (2019) de la académica india estadounidense Sheila Jasanoff. En líneas generales, el trabajo de Jasanoff explora el papel de la ciencia y la tecnología dentro del derecho y la política de las democracias modernas. Este libro comienza narrando los sucesos que han llevado en la actualidad a que la ciencia goce de un estatus y un privilegio caracterizado por un estado de casi total libertad respecto a lo que esta puede investigar y experimentar cuando se trata de la vida y sus diferentes formas; donde la falta de regulación y supervisión por parte de las distintas instituciones gubernamentales, jurídicas y económicas de muchos países del mundo —sobre todo los más desarrollados— nos devela una intrincada red de conexiones y acuerdos que se han ido tejiendo a lo largo de la historia entre la ciencia, la industria, los estados y los medios de comunicación. Y teniendo como resultado final de dichos acuerdos el encumbramiento del paradigma dominante que confiere a las ciencias modernas la facultad de decidir cómo interpretar la vida y de qué manera manipularla. 

 

Al develar este entramado que se ha ido urdiendo en el transcurso de las últimas décadas, resaltan los distintos actores económicos que han ido surgiendo a partir de la creación de empresas de biotecnología. Esta industria multimillonaria llegó a legitimar sus prácticas gracias al encumbramiento de este paradigma dominante y la transformación de la ciencia, ahora, como una institución con autoridad moral; fungiendo a su vez como juez y parte dentro de todo este proceso al no reconocer e incluso llegar a invalidar cualquier otra concepción o forma de deliberación que no se ajuste a su visión de la realidad respecto a significados o definiciones como qué es la vida, qué se puede hacer con ella y cómo es que se debe manipular. Bajo el argumento de que la ciencia es capaz y se encuentra facultada para establecer sus propios límites y regularse a sí misma (autorregularse), los científicos de distintas partes del mundo, muchos de los cuales son a su vez creadores de empresas de biotecnología, reclamaron y se arrogaron el derecho de poder investigar y experimentar con la vida y sus distintas formas en un estado de casi total libertad o falta de supervisión y regulación —más que las normadas por bioseguridad por parte de alguna autoridad o ente supervisor de las sociedades y estados del mundo.

 

La alianza entre ciencia y capital privado

Desde hace ya varias décadas se ha creado un mito respecto a la pureza institucional y la autoridad moral que tiene la ciencia y los científicos que la representan. Al respecto, no sé si los científicos, especialmente los biólogos, se cuestionen el hecho de que la ciencia ha dejado de perseguir sus propios fines para servir a los fines de una industria. La alianza entre ciencia y capital privado derrumba el mito de la pureza institucional de la ciencia porque los científicos que creen hablar en nombre de ella hablan en realidad en nombre y bajo los intereses de las empresas que financian las investigaciones que ellos realizan, convirtiéndose así en la punta de lanza de estas empresas.

 

A escala global, la agenda acerca de lo que los científicos y las personas que se dedican a la biotecnología deben crear o investigar no lo pone la ciencia sino la industria. Aclaro que es muy loable un modelo de negocio que se dedique a resolver problemas y necesidades humanas como enfermedades, epidemias o falta de alimentos, y mejorar así la calidad de vida de las personas; no obstante, este modelo de negocio no escapa de la lógica económica imperante en donde el fin justifica los medios y es ahí donde las empresas e industrias que detentan el poder se abren paso modificando cuanta legislación o regulación le impida avanzar dentro de cada país donde quieren ingresar y comenzar sus operaciones. Proceso por el cual se construyen monopolios económicos hegemónicos y una captura corporativa de los estados que al final termina por perjudicar los derechos y la economía de las personas de estos países, sobre todo las más vulnerables.

 

La arrogancia de la biología

Creo honestamente que al ser humano le falta todavía mucho conocimiento como para saber qué consecuencias a largo plazo tendrán las modificaciones que está realizando a los organismos en la actualidad y, a su vez, le hace falta mucha más sabiduría para equiparar el inmenso poder científico y tecnológico que está adquiriendo. No quiero pecar de ingenuo, moralista o neoludita. Nadie va a detener el avance de la ciencia y la tecnología, lo único que podemos hacer es regular su uso y determinar su curso. Pero el paradigma actual es que si es técnicamente posible se debe de poner en práctica sin mayores trabas o regulaciones porque esto es igual a la obtención de beneficios económicos, y quien se oponga o alce su voz en contra, se convierte automáticamente en un retrograda por intentar detener el avance del “progreso” y el “desarrollo”.

 

Que algo sea técnicamente posible no significa que tenga que hacerse o que deba realizarse, o que sea la mejor o la única opción que tenemos; más aún si no se han sopesado otras opciones o alternativas que demuestren no solo ser factibles sino también viables para todos. Desde los albores del capitalismo, la lógica que dirige el curso de la historia es la lógica económica, pero la historia no hace concesiones. Si la biotecnología continúa modificando las formas de vida y, con esto, la vida en la tierra tal y como la conocemos, pero sin una idea clara de a dónde es que nos llevará todos estos cambios o, cómo es que estas modificaciones repercutirán en el frágil equilibrio que la naturaleza y los ecosistemas han demostrado tener, sea tanto para beneficio como perjuicio nuestro, asumiremos las consecuencias.

 

Sin un consenso global y democrático acerca de que cambios son realmente viables para nuestra especie y la vida del planeta en general, la dirección que esté tomando la modificación de la vida será marcada no por una forma autorizada de deliberación sino por intereses económicos de grandes empresas e industrias. ¿Es esto ético o moral? La respuesta ya nos la dio Jasanoff al principio de su texto: arrogancia.



Sheila Jasanoff

Notas:

[1] Jasanoff, Sheila., (2019), La arrogancia de la biología ¿Puede la ciencia dotar de sentido a la vida? Madrid: Alianza Editorial (2021).

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